Una amiga m'envia per mail aquest article de Gabriel Magalhães, no se on va sortir publicat, sino ho posaria:

Es verdad que a una parte de España le ha gustado coleccionar prejuicios contra Catalunya. Una colección que incluye cromos como el de la tacañería o el del fanatismo lingüístico. Todos los que conocemos algo el mundo catalán sabemos lo injustos que son estos sambenitos. Pero también resulta innegable que, como afirma Julián Marías en Consideración de Cataluña ­una obra muy interesante, cuyo conocimiento debo a mi amigo Miquel Escudero­, normalmente los catalanes no se saben explicar con eficacia hacia el exterior. En este artículo intentaré plantear cómo es Catalunya vista desde dentro, cuando me encuentro ahí, y cómo la veo desde fuera, estando en Portugal. Dos miradas sobrepuestas: una al microscopio, vivida en cercanía, y otra usando el telescopio de ser portugués.

Cuando uno viaja a Catalunya, se da cuenta de que ese admirable mundo levantino constituye, entre otras cosas, un sistema de alarmas que se activan confacilidad.Elcatalánes todo un especialista en horizontes, sean ellos culturales, comerciales o de otro tipo. Josep Pla lo explica muy bien cuando, en El quadern gris, describe el dinamismo mental de la ciudad de Barcelona. Y, siempre que en ese horizonte se levanta la sombra de una borrasca contra la identidad nacional, se disparan las sirenas de la inquietud. Se desencadena entonces un diluvio de debates, de conversaciones que analizan en detalle los temidos cataclismos que se esbozan en la línea del porvenir.

Nada de esto me extraña: Portugal también funciona como un sistema de alarmas. En eso somos muy parecidos. Cuando un catalán y un portugués se encuentran, siempre tendrán tema de conversación,con tal de que sepan compartir sus respectivas inquietudes nacionales. Digamos que este sistema de seguridad obsesivo es propio de las culturas que no se sienten del todo firmes. Barcos frágiles, y cuya tripulación, por lo tanto, se man-iene siempre muy atenta, vigilando los maes del futuro. Algo que se puede hacer desde a proa de un llagut o desde la cofa del mástil e una carabela portuguesa.

No obstante, cuando la borrasca se conreta y agiganta, cuando ya se sienten los andazos del viento en las velas, ahí la reación del catalán y del portugués resulta disinta. El luso actúa y, además, se refugia en la bodega de sus ensueños. Por el contrario, el atalán actúa, actúa de nuevo y vuelve a acuar. Catalunya funciona, pues, como una cultura pragmática que se defiende a través de la iniciativa constante y de una organización impecable.Europa lo ha visto en las Diadas de estos últimos años. En el llagut mucha gente se mueve y lo hace coordinadamente.

Entramos, a continuación, en una tercera fase: ante los peligros que rodean el barco de su identidad, el catalán siente la necesidad absolutadehacerungestodecisivo.Algoque disipe todas las dudas sobre su firme determinación y su sincero patriotismo. Una actitud rotunda, que también es algo sacrificial. Esto se manifestó, por ejemplo, en las declaraciones que un político catalán hizo, al borde del llanto. Sinceramente, cuando se entra en esta tercera etapa, el europeo empieza a no entender nada. Creo que, en esa urgencia de una decisión concluyente, existe un gran patriotismo, un gran amor a Catalunya, pero también una inseguridad enfermiza. Una inseguridad que, para calmarse a sí misma, busca un extremo que la libere de sus dudas. Pero ese extremo, que puede ser lasolucióndeundilemaíntimo,sentimental, no constituye tal vez lo más apropiado: lo mejor para el país.

Porque Catalunya es, amigo lector, mucho más que un llagut. Se comprende que la gente a veces se sienta en una embarcación frágil: hay todo un pasado que lo justifica. Y se entiende que las alarmas nacionales, que se disparan con tanta frecuencia, creen una considerable desazón en la ciudadanía. Pero el presente, la realidad actual de Catalunya, lo que uno ve desde Portugal o desde otro país de Europa, no se corresponde con ese llagut: se parece más bien a un lujoso crucero, de estos que atracan en los muelles de Barcelona. Y resulta un poco extraño ver a este crucero majestuoso haciendo maniobras peligrosas, desesperadas ante los chubascos del momento presente.

Con esto de “chubascos” no niego todas las razones que asisten a los catalanes para plantar cara a un centralismo que recientemente ha intentado mermar aspectos importantes de la cultura que generó a Gaudí. Pero, por favor, no dejen que les entre en el alma el cos-quilleo de los kamikazes.

Porque tienen ustedes poderes que, aparentemente, desconocen: una de las grandes metrópolis del planeta, una hermosa lengua, que se encuentra ahora en expansión, una cultura exquisita, con una edad media fabulosa y una contemporaneidad vibrante. Y está además la admirable valía de las gentes catalanas. Desde esta grandeza real ­no estoy inventando nada­, consideren los problemas presentes. Con la seguridad de que Catalunya no es una vela que se apaga de un soplo. Y entonces verán que hay tiempo para maniobrar, con calma y con firmeza, de forma que corrobore la dignidad de una gran cultura.

G. MAGALHÃES, escritor portugués

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